
Martes 09 de marzo 2010
La administración de Barack Obama enfrenta un período candente entre ahora y las elecciones parciales de noviembre. Tres cuartos del electorado piensa que el estímulo fiscal estuvo mal manejado. El público está equivocado, pero el error es comprensible. Como con la reforma de la salud, las maquinaciones que lo produjeron fueron grotescas. La administración no tenía una política propia y descansó en un Congreso disfuncional en el que el país no confía.
Otros dos factores intervinieron. Primero, la contracción fue más profunda y tenaz que lo esperado. Segundo, no tan bien entendido, el estímulo fue menor que lo pensado.
La mayoría de los economistas cree que la contracción requería un gran estímulo y que está funcionando. Las estimaciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) reflejan esta opinión. La CBO calcula que el estímulo impulsó la producción en el cuarto trimestre de 2009 en entre 1,5% y 3,5% y redujo la tasa de desempleo en entre 0,5 y 1,1 punto porcentual – ganancias poco espectaculares, dada la escala del compromiso, pero igual valiosas.
Los escépticos dudan de estas cifras. En una columna en The Wall Street Journal, Robert Barro, de la Universidad Harvard, dijo que a cinco años, “el plan de estímulo fiscal es una manera de conseguir US$ 600 mil millones extra de gasto fiscal al costo de US$ 900 mil millones en gasto privado. Esto es un mal negocio”.
El análisis de Barro es cuestionable. Él ve el estímulo como un aumento en el gasto que a la larga se financiará con mayores impuestos. Sigue su sombrío resultado, porque cree que el multiplicador en las variaciones tributarias es mayor que en las variaciones del gasto.
Pero Gary Burtless, de la Brookings Institution, apunta que más de la mitad del estímulo tomó la forma de recortes tributarios, directos o evitando los aumentos en los tributos locales que de otro modo habrían sido necesarios. La recesión provocó una baja en los ingresos de los gobiernos de los estados, que ven limitada su capacidad de endeudamiento. Sin asistencia federal, habrían tenido que subir los impuestos.
Los escépticos del estímulo están en terreno más firme cuando preguntan si la preocupación por la deuda pública futura está afectando a los consumidores. Esto es difícil de juzgar, ya que depende de variaciones en el ánimo del país – en espíritu animal. Pero esto no significa que el tema pueda desestimarse. El pesimismo respecto de la eficacia del estímulo, aún si se funda en un razonamiento errado, podría ser una profecía autocumplida.
¿Y si los consumidores están orientados al futuro y basan sus decisiones en proyecciones acertadas? En este caso, según la teoría macroeconómica moderna y en contra del pensamiento de Barro, el estímulo fiscal puede tener efectos potencialmente beneficiosos, en especial si la política monetaria se ve limitada, como hoy, por tasas de interés que han caído a cero. Por otra parte, para un máximo efecto, es importante en estos modelos que se espere que el estímulo termine pronto.
Michael Woodford de Columbia concluye un documento reciente sobre el tema del National Bureau of Economic Research notando que: “Dar señales cuidadosas respecto de la posible dirección de la política futura probablemente sea tan importante como las actuales acciones”.
Aún si las señales hubieran sido mejores, los efectos del estímulo habrían sido reducidos por un punto que es obvio pero suele ser ignorado: el rol fiscal de los estados hace más pequeño el estímulo en general. Burtless tiene razón en cuanto a que parte del estímulo se gastó en evitar mayores impuestos estatales. Pero uno puede mirarlo de otro modo. Hasta un tercio del estímulo quedó neutralizado de inmediato por los límites del estado al endeudamiento: Por la necesidad, en otras palabras, de desconectar los desestabilizadores automáticos de los estados.
La discusión del déficit presupuestario estadounidenses se enfoca invariablemente en el balance federal, no el balance del gobierno general. Un nuevo estudio de Joshua Aizenman y Gurnain Pasricha, también publicados por el NBER, que sólo examina el gasto, concluye que “el estímulo fiscal agregado en EE.UU., ajustado por la declinación en el gasto fiscal en los 50 estados, fue cerca de cero en 2009”.
Incluso según esta cuenta, como el estímulo también recortó los impuestos, ayudó. Pero habría ayudado mucho más si hubiera sido mayor, si sus diseñadores hubieran despertado confianza pública y si se hubiera incluido desde el comienzo un plan para controlar el endeudamiento de mediano plazo.