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Tribuna Libre

Oponerse es más democrático

María de los Angeles Fernández
Directora ejecutiva Fundación Chile 21


Que la Concertación, luego de veinte años en el gobierno, tienda a dar palos de ciego en la búsqueda de cómo ejercer su rol opositor, no debe asombrar. Al aturdimiento producido por la derrota electoral y los llamados posteriores a no escuchar los “cantos de sirena” que el presidente Piñera tendió con su consigna de gobierno de Unidad Nacional, extemporáneos en un comienzo, se suman ahora las exigencias de la reconstrucción, luego del megasismo del 27-F. Parece evidente que no existe mucho margen para promover una visión antagónica de los problemas. En una sociedad como la chilena, crecientemente despolitizada, y donde la mayoría parece aspirar a que todos los sectores “remen para el mismo lado”, posiciones contrastantes podrían ser interpretadas, no ya como disonantes, sino como contrarias al interés nacional. El dilema de encontrar la nota adecuada para tocar la sinfonía opositora se acrecienta por la escasez de antecedentes académicos que den pistas acerca de los pasos a seguir. Existe literatura acerca del papel de la oposición bajo regímenes no democráticos y de su contribución a la recuperación de la democracia pero, en situaciones de normalidad, su rol y dinámicas no han concitado mayor interés. Para colmo de males, este vacío se profundiza en relación a los regímenes presidenciales, donde la capacidad de iniciativa política, con sus golpes de efecto asociados, se ven más facilitados desde el ejecutivo.
A lo anterior, hay que sumar un cierto extravío acerca de qué tipo de democracia es la chilena. Apelar a las tipologías conlleva el riesgo de la simplificación, pero no tenemos muy claro si somos una democracia mayoritaria, en la que existen mecanismos y espacios que facilitan la oposición o si somos una de tipo consociativo, que apela a la coparticipación. Como punto intermedio, en los primeros años de la transición, se invocó a la “democracia de los acuerdos”. En nuestro andamiaje institucional se han ido generando espacios para la “cohabitación”, con reparto de cargos por la vía del cuoteo lo que produce, muchas veces, una lógica de asimilación decisoria. Una dificultad adicional para la hoy oposición es que aparece reducida, básicamente, a su papel político-parlamentario, por cuanto carece de vínculos sólidos con las organizaciones sociales y sin muchas posibilidades de difusión cultural, en un paisaje mediático que no le es particularmente afín.
Los llamados de la UDI a no bloquear la labor de Piñera pudieran empujar a la oposición por la pendiente de la homologación. Sin embargo, en medio de los estragos y la confusión del terremoto, y con un gobierno de gerentes, no faltarán oportunidades de “aprovechamiento” por cuanto no tenemos ley de lobby y, por otra parte, ya cercanos al presidente han asomado la posibilidad de recurrir a la venta parcial de empresas públicas para facilitar la reconstrucción. Por otra parte, la concentración de poder que se ha producido, luego de la contienda presidencial, hace más necesaria que nunca la capacidad de control, vigilancia y fiscalización.
Difícil desafío tienen por delante las fuerzas opositoras porque, renunciar al deber de antagonistas asignado por el veredicto de las urnas, encierra riesgos que podrían conducir a la depreciación de la calidad de nuestra vida democrática.